Casa-Museo César Manrique

Casa-Museo César Manrique

En 1988, César Manrique trasladó su residencia de Taro de Tahíche, cede actual de la fundación que lleva su nombre, a Haría, buscando en este pueblo del norte de Lanzarote la tranquilidad y el contacto con la Naturaleza.

La Casa

Se instaló en una vivienda levantada sobre unas ruinas pertenecientes a una casa popular, ubicada en una finca de 11.261 metros cuadrados, que el artista acondicionó y remodeló siguiendo pautas de la arquitectura tradicional de la isla. Aprovechó algunos muros y materiales, pero fiel a sus comportamientos híbridos, incorporó también algún episodio moderno, como el cuarto de baño, que responde a su original concepción de este espacio funcional, ya practicada en Taro de Tahíche.

La casa, de planta cuadrada y rodeada de una amplia huerta con palmeras, constaba originalmente de dos patios interiores, balconada, tres dormitorios, dos baños, dos pequeñas salitas, cocina y salón con chimenea de piedra. Manrique emplea profusamente la piedra y la madera como materiales de referencia.

Se trata de un casa íntima, acogedora y convencional, en medio de un antiguo palmeral, la residencia de Haría apoya su personalidad en el buen gusto, las alusiones a la arquitectura tradicional y la interacción pacífica con el entorno histórico y natural, renunciando a la espectacularidad. El artista recicla materiales e integra numerosos objetos descontextualizados, que son mostrados con valor puramente estético.

Museo

En la actualidad la vivienda es sede de la Casa Museo “un homenaje a la arquitectura tradicional, reconsiderada desde una visión moderna en la que prima lo estético y el confort, además de la integración en la naturaleza”, constantes todas características del quehacer de César Manrique. Es “una prolongación de la forma de habitar del artista y de su personalidad creativa. Allí está presente su universo personal, que, por fortuna, se conserva intacto y reunido”, señalaron los responsables de la FCM.

Su recorrido permite al visitante contemplar las estancias de la residencia y el taller en los que el pintor trabajó y pasó los años finales de su vida.

Ubicada en un palmeral privilegiado, su última casa resulta íntima y familiar. A través de dos patios, se accede a un sorprendente mundo de pertenencias personales, utensilios, objetos encontrados y piezas artesanales a los que Manrique dotó de función estética. Todo en un espacio caracterizado por la nobleza de los materiales y los rasgos de buen gusto, en una vivienda que recoge lo mejor de la casa tradicional lanzaroteña. La exuberante vegetación exterior e interior contribuye a proporcionar ambientes serenos y acogedores.

En el taller, aislado de la vivienda, se muestra el escenario original donde pintaba diariamente, rodeado de pigmentos, mesas con dibujos, caballetes y cuadros inacabados, conservados como el artista los dejó a su muerte.

El visitante podrá disfrutar de una experiencia única en un tranquilo entorno natural como es el valle de Haría. Un mundo verdaderamente singular que permite acercarse al lado más humano del gran creador nacido en Lanzarote.



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