
España es muchísimo más que sus archipiélagos. En la península viven una gran cantidad de ciudades que combinan un patrimonio excepcional, carácter propio y una intensidad ideal para el viajero exigente.
Lejos del bullicio turístico más convencional, estos destinos ofrecen experiencias profundas y auténticas, ideales para escapadas que de esas que se recuerdan por siempre. Por eso este artículo: para conocer cuáles son los mejores.
Toledo sigue siendo el ejemplo más depurado de convivencia histórica entre las tres culturas que moldearon la España actual: la propia, la romana y la árabe. Sus calles estrechas y empinadas conservan sinagogas, mezquitas convertidas y catedrales góticas que dialogan sin esfuerzo y dicen tanto de la historia del país.
El visitante atento descubrirá cómo la Puerta del Sol y la Sinagoga del Tránsito aún transmiten ese pasado, por ejemplo. La ciudad, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1986, recibe anualmente millones de visitantes, pero fuera de los circuitos habituales se respira una calma casi medieval.
La Plaza Mayor de Salamanca es uno de los espacios públicos más armónicos de Europa. Su piedra dorada, tallada con precisión durante el mil setecientos, sigue brillando bajo el sol de Castilla.
La Universidad, fundada en 1218, conserva el silencio de sus patios y la antigua biblioteca. Además, para quien busca alojamiento en el casco histórico reservar un hotel es muy sencillo.
Cuenca eleva la definición de ciudad medieval a otro nivel, porque sus famosas Casas Colgadas se asoman al vacío sobre el río Huécar, un espectáculo que en 1996 le valió su inclusión en la lista de la UNESCO.
El visitante que sube a la catedral gótica y recorre el Museo de Arte Abstracto comprende por qué esta ciudad sigue siendo para muchos un secreto bien guardado.
El conjunto monumental de Cáceres, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1986, es un ejemplo único de ciudad medieval y renacentista prácticamente intacta (entre sus murallas y palacios destaca la Casa de los Golfines de Abajo). La ciudad ofrece también una gastronomía potente, con el jamón ibérico y el queso de la Serena como protagonistas.
Oviedo concentra en su casco antiguo tres iglesias prerrománicas declaradas Patrimonio de la Humanidad: Santa María del Naranco, San Miguel de Lillo y Santa Cristina de Lena. Su centro peatonal, con la plaza de la Escandalera y las calles de la Rúa, dejan en evidencia una elegancia discreta que contrasta con la fuerza de la sidra y la fabada.
Tarragona conserva el anfiteatro romano más impresionante de la península, con vistas al Mediterráneo. A su vez, su acueducto del Diablo (de 217 metros de longitud) es uno de los mejor conservados del mundo romano.
Estas urbes peninsulares son evidencia de que España guarda tesoros más allá del sol y la playa. Cada una ofrece una experiencia distinta, aunque todas comparten la capacidad de marcar a quien las visita con atención. Como si fuera poco, son lugares que no se agotan en una sola escapada.
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